Dejar la ropa blanca impecable en tiempos de nuestras abuelas debía de ser todo un reto. Lo que sí puedo decir es que llevaba mucho trabajo. La ropa no se lavaba tan a menudo como hoy día. Se podía ir la gente de quintería 15 días y no cambiarse ni de bragas, si es que tenían. A veces venían de segar y las camisas se tenían solas de pié del sudor seco que acumulaban. Lavar la ropa blanca era un trabajo más de los muchos que se tenían que hacer, por lo que se hacía cada 15 días o así. Dependía en gran medida del poder económico de la familia. Supongo que los que pudieran permitirse tener criados se cambiaban con más frecuencia.

 

El proceso de devolverle a la ropa su blancor era largo y podía requerir casi dos días de trabajo.

 

1. Dar un ojo

Se llamaba dar un ojo a lavar las prendas en la pila con su losa correspondiente y jabón casero. Era un trabajo físico agotador que requería sumergir y frotar. Esto es lo que hoy podríamos llamar el prelavado.

 

2. Solear

Al primer lavado podían sobrevivir manchas amarillentas producto de diferentes residuos corporales. Para eliminarlas se utilizaba la fuerza del sol. Esta fase que podía durar un día entero se conocía como solear. Para ello se tendía la ropa sobre la encina (lugar elevado donde se almacenaban las gavillas de sarmientos) si se tenía y si no se tendía sobre cuerdas, alambres o lo que fuera. El objetivo era que le diera el sol para que blanqueara las prendas. La ropa debía extenderse en toda su extensión sobre la encina y si se secaba demasiado rápido había que subirse con una escalera y regarla. A veces esto se hacía con la ayuda de una escoba de mijo nueva. Se sumergía la escoba nueva en un cubo y se agitaba para rociar agua sobre la ropa. Para que el sol hiciera el efecto deseado, la ropa debía mantenerse húmeda. En verano era frecuente que se tuviera que regar varias veces. Este proceso terminaba cuando se observaba la desaparición de las manchas.

 

3. Dar otro ojo

Se recogía la ropa de la encina y se le daba otro ojo en la pila para quitar todo residuo que pudiera haberse pegado en la ropa y para terminar de retirar las manchas.

 

4. Poner en polvos blancos

Concluido el segundo ojo, se hacía una «muñequilla» -un envoltorio con polvos blancos que vendían al efecto- que se sumergía en el agua en un barreño y se dejaba la ropa en remojo.

 

5. Aclarar con polvos azules

Cuando se veía que los polvos blancos se habían deshecho por completo, era el momento de aclarar. Era habitual poner otra muñequilla, esta vez con polvos azules, en el agua de aclarar.

 

6. Tender

Y ya sólo quedaba tender y esperar a que se secara la colada.

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