Empezaba el día muy temprano con los invitados acudiendo a la casa del novio o de la novia a desayunar chocolate con tortas. En las casas, además, había bandejas con magdalenas, pastas, sequillos, flores, etc. con la correspondiente giniebla. A las ocho había que estar en la Iglesia para la ceremonia. En los recorridos los novios no iban juntos. El novio iba delante flanqueado por el padrino y un acompañante, y seguidos por los hombres invitados a la boda. De cerca les seguía la comitiva de la novia que iba también delante y flanqueada por la «padrina» y una acompañante. Cerraban la comitiva las mujeres invitadas. Cabe destacar que tanto el padrino como la «padrina» eran de la parte del novio los dos. La familia de la novia pintaba poco.

 

Al salir de misa esperaban los músicos de cuerda: guitarras, bandurrias, laudes y violines; con el tío Evaristo en cabeza, acompañaban a los novios y a sus invitados a sus casas (en cada recorrido, la comitiva del novio acompañaba a la de la novia a su casa y luego se dirigía a la casa del novio). En la casa se volvía a comer artículos del horno y beber giniebla. A las 12 empezaba el baile en la Humanitaria, por lo que antes de salir de la casa del novio o de la novia se hacían rodeos de dulzaina que la gente cogía y guardaba en un moquero (pañuelo) de hombre, para poderlo llevar a su casa. Se hacían cestos enteros de dulce y para que no se perdiera se repartía entre los invitados.

 

Estaban bailando hasta las dos y de nuevo la comitiva se dividía entre las dos casas para la comida. La costumbre era comer cocido de gallina de corral con pelotillas o bien guisao de pollo de corral y bastantes pelotillas. La comida podía extenderse a todos los invitados o sólo a la familia, dependiendo del poder económico de los novios.

 

Por la tarde, a las cuatro (o más tarde si era verano) se volvía al baile, hasta que a las seis se hacía el paseíllo. Las mujeres salían con sus mantones de manila, si lo tenían. El recorrido se hacía subiendo por el Toledillo y se volvía por la carretera hasta la calle de la Cruz donde normalmente se tiraba hacia arriba hasta San Blas y se volvía a la Humanitaria por la calle Herencia. Se retomaba el baile hasta la hora de cenar. La cena se hacía ya en familia y se tomaba pisto con conejo. Después se volvía al baile que seguía amenizado por el incansable tío Evaristo hasta, aproximadamente, la una de la madrugada.

 

Finalizado el baile, todo el que quedara iba a llevar a los novios a acostar. Se enseñaba la casa y se daba por concluido el día.

 

A la mañana siguiente, la «padrina» iba a despertar a los novios, llevándoles chocolate con tortas.

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