Nuestra mente es una potente herramienta analítica. Nos da información a varios niveles que comprendemos según nuestra preparación y experiencia. Puede utilizarse la mente para estudiar muchos objetos, pero el objeto que siempre se resiste a estudio no es otro que la propia mente. ¿Qué sabemos de la naturaleza de la mente? En este modesto ensayo pretendo entresacar lo poco que sé y las cosas que intuyo con el fin de poner en claro mis ideas al respecto y dejar constancia de mi forma de ver este tema para los amigos que quieran asomarse a mi alma y para curiosidad de las generaciones venideras.

 

Lo que sé es en gran parte por lo que he podido leer y muy simbólicamente por experiencia propia. A saber, que la mente es tumultuosa y está siempre poblada por pensamientos que pocas veces suelen ser de generación propia, sino más bien parecieran venir de otra parte y prorrumpir como nubes o aves en el cielo raso que es una mente tranquila. La mente no está aislada del mundo, sino que está conectada a él por los sentidos. Internamente también tiene acceso a la memoria y al motor de las emociones que algunas culturas llaman corazón por creer que aquellas procedían de este.

 

El «yo» no es mas que un producto de la mente, creado para ser sujeto de los recuerdos y sufridor de las emociones y de los estímulos que los sentidos traen del exterior. Como por suerte o desgracia soy informático, intentaré explicarlo con un símil informático que espero sea lo suficientemente claro para los no técnicos: el nacer es como el proceso de inicio de un ordenador. Al principio no existe más que el programa enlatado llamado BIOS, que equivale a los instintos más básicos para la supervivencia. como el conocimiento de succionar. Las primeras semanas de vida no hacemos mas que sobrevivir y ganar peso. En esa etapa de la vida el «yo» todavía no existe. Es una suposición mía, basada en la carencia de recuerdos que solemos tener de esa época de nuestra vida. Es posible que recordemos cosas siendo niños muy pequeños, pero raramente antes de los tres años. En mi caso tengo un par de recuerdos vagos de cuando nació mi hermano. Tenía entonces año y medio. Soy consciente de que mi caso es muy raro. El «yo» es una especie de sistema operativo que se va componiendo en esos primeros años de vida y que sigue evolucionando hasta después de la adolescencia. Los primeros años son los más importantes, puesto que un trauma en esos años nos deja marcados de por vida. Ese sistema operativo se va orquestando alrededor de los recuerdos. Algunos recuerdos tienen más fuerza que otros en cuanto a la configuración del «yo» se refiere. Cuando se llega a la edad adulta se pueden continuar haciendo algunos cambios, pero el grueso del sistema operativo que nos va a definir de por vida ya está escrito y es en su mayoría inalterable. Como sistema operativo, el «yo» contribuye en el procesamiento de la información de los estímulos y genera unas salidas que pueden desatar las emociones de acuerdo con sus parámetros. Es decir, que aunque el «yo» es producto de la mente, termina afectando en gran medida a cómo vemos el mundo y como respondemos a estímulos. Así es como inseguridades incubadas en la niñez terminan ayudando a crear una respuesta anómala a ciertos intercambios sociales. Por esta circunstancia se da un curioso fenómeno de identificación del «yo» con la propia mente. Siendo la mente tan solo la computadora y el «yo» el conjunto de programas que conforman el sistema operativo. De esa forma los estímulos que nos comunican nuestros sentidos serían las entradas, los pensamientos son el proceso y a la vez salidas. Pues el pensamiento se retro-alimenta constantemente y no suele darse en su forma aislada, sino que un pensamiento conduce a otro y puede producir toda una cadena de pensamientos. A la vez las entradas que son los estímulos pueden reevaluarse junto con un pensamiento de la cadena y generar a su vez otro pensamiento resultante. Las emociones pueden ser salidas producto de las entradas y de los procesos pensantes y a la vez pueden afectar el procesamiento generando una cadena de pensamientos adulterados. En cualquier momento, durante esos procesos, puede accederse a la memoria y pueden revisarse recuerdos. Si bien no suele ser habitual que controlemos a qué recuerdo accedemos, sino que los pensamientos y las emociones tienen la facultad de evocar recuerdos.

 

Se dice que el olfato es el sentido que más recuerdos evoca. Eso se debe a que en las fases tempranas de desarrollo el olfato y el gusto, junto con el tacto, son los sentidos que más nos dicen cómo es el exterior. Es natural, pues, que almacenemos gran cantidad de experiencias sensoriales de ese tipo, que se convierten en recuerdos asociados a un determinado olor. Además, el sentido del olor, fuertemente ligado al gusto, ante estímulos desagradables es capaz de provocar respuestas físicas en nuestro cuerpo hasta el punto de hacernos sentir mal.

 

Alguien dirá que me salto los sentimientos en esta relación de cosas, pero en realidad una segunda consideración nos dirá que los sentimientos no son mas que las emociones que nos suscita un hecho, recuerdo o estímulo.

 

La concentración es un mecanismo de la mente que permite apartar momentáneamente el yo para centrarse en un objeto concreto. De esa forma es posible enfocar sólo una cosa y desarrollar todo su potencial de cómputo. Una mente no concentrada está ocupada en mil cosas y en ninguna. En ese estado de caos su rendimiento se dispersa y pierde eficacia. La meditación es un ejercicio de concentración por el cual se pretende aquietar la mente y vaciarla de pensamientos que no sean el objeto de meditación. El objeto muchas veces es la propia respiración, pero puede ser cualquier cosa desde una gota de luz hasta un color. Al liberar la mente de pensamientos se puede llegar a observar su verdadera naturaleza y separarse del «yo». Conseguirlo es muy difícil y requiere de mucha disciplina. Estamos tan acostumbrados a una mente caótica, que multitud de pensamientos nos asaltarán e intentarán distraernos del objeto de meditación.

 

En el mundo moderno no hay ninguna ciencia que estudie la mente en estos términos que acabo de explicar. La única forma de acercarse a estas ideas es a través del budismo y del hinduismo. Y es una pena. Porque la mente es parte de nosotros y es algo que la mayoría de la gente nunca explora en toda su vida. El cristianismo ofrece algo similar en sus oraciones. Si bien las oraciones habituales no sirven, pues por su tamaño no permiten evadir el «yo». Las letanías son oraciones largas formadas por frases cortas y seguidas de una frase que se repite, como «ruega por nosotros». Ese tipo de oración, si se persevera lo suficiente, puede llevar a estados alterados de consciencia muy parecidos a los que ofrece la meditación. Algo parecido pasa con el rosario. A fuerza de repetir genera un efecto calmante muy característico de las primeras fases de la meditación y si se continúa puede llevar a cotas mayores. Aunque pocos valoran hoy el pasado místico y ascético de la Iglesia, sin embargo, en muchas catedrales se puede ver a los santos en sus fachadas adoptando posturas de las manos típicas de otras culturas. Igual que las posturas del cuerpo en el yoga se llaman asana, a las posturas con las manos se las denomina mudra. En todas las escuelas del budismo se usan los mudras para favorecer la meditación. La postura más utilizada es poniendo la mano izquierda bajo la derecha y, uniendo los pulgares, se mantienen hacia arriba de las palmas.

 

Aparte de los inconvenientes de nuestra cultura que nos han alejado de estas prácticas exploratorias de la mente, dejándolas sólo para sacerdotes e iniciados, el uso de la tecnología actual se ha convertido en otro obstáculo. Si es usted usuario de esos chismes llamados smartphones, es posible que haya notado cierta dificultad en concentrarse y que la cantidad de tiempo que era capaz de permanecer en la lectura consecutiva ha disminuido. Eso sucede después de un tiempo utilizando esa tecnología. Un servidor lo ha experimentado también.

 

Al parecer, la inmediatez del acceso a la información que propician esos aparatejos ha creado un efecto secundario. El hecho de recibir pequeñas informaciones cada cierto tiempo, de sucumbir el usuario a la consulta inmediata tras la consabida notificación, provoca la liberación de endorfinas que nos dan placer garantizando que la próxima vez estemos aún mejor dispuestos para la siguiente dosis. Rápidamente se convierte en una costumbre placentera y por lo tanto en una adicción a la que nos cuesta resistirnos. Prueba de ello es que lo hacemos en compañía de otros, cuando en medio de una conversación nos saltamos la etiqueta y un historial de buena educación por mirar ese WhatsApp, o el correo electrónico. Esa adicción ha degenerado en el problema adicional de un empeoramiento en la capacidad de concentración. No sé usted, pero yo antes era feliz tirado en cualquier sitio con un libro durante horas. Ahora leo a pequeñas dosis y me cuesta terminar los libros. Evidentemente coger el tablet y abrir Pocket me da acceso a un torrente de información inagotable que yo mismo he seleccionado para leer después. Pero resulta que se me amontonan las cosas y no termino nunca la interminable lista de artículos de medios y blogs que tengo en al alcance de los dedos.

 

He empezado hablando de la mente y he terminado por hablar de sus debilidades. La mente despojada del «yo» y de toda traza de romanticismo es una grandiosa herramienta en sí misma, de la que su producto el «yo» hace más mal uso que bien. Es como el sistema operativo Windows: tiene muchos errores y aprovecha mal la potencia del ordenador. No sin cierta tristeza debo reconocer que desde que venimos a este mundo no poseemos mas que dos cosas: tiempo y atención. Ambas cosas son un regalo y un préstamo. La meditación es estar en la mente y despertar la propia naturaleza de la mente. Consiste en permanecer atento en toda la dimensión de la palabra. Quizá esa atención o capacidad de atención es todo lo que es la mente. Entonces la vida bien aprovechada en su dimensión de eficiencia informática es la meditación. Evidentemente no se nos debe exigir tanto, pero en todo caso, no explorar la mente verdadera es el despilfarro de una vida. Me gustaría dejar aparte todo concepto de religión y volver a mi más puro interés, reconociendo que es un interés de mi «yo»: el conocimiento. Quiero conocer la verdad que hay en mi. Y aun intuyendo que hay más de una verdad, la verdad de la mente que estudia la mente me confunde y me atrae a partes iguales, pero sobre todo me apasiona. 

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