En este mundo bello y maldito a la vez, tarde o temprano, uno se pregunta por qué estamos aquí. Es probable que esa pregunta esté de algún modo escrita en nuestros genes, pues todo el mundo se la ha planteado alguna vez. Después de todo, por algo es una de las preguntas fundamentales del ser humano y cuya respuesta, algunas personas, han creído encontrar en lo metafísico. Personalmente no voy a entrar en eso. Considero que el intelecto y la lógica es la única herramienta válida para hallar la solución, si es que la hay. Por ello, para mi, insisto, todo lo que no sea una búsqueda intelectual entra en el terreno del autoengaño. Otro de los ámbitos en que se ha perseguido hallar la respuesta, y desde tiempos remotos, es la filosofía. La filosofía es por definición la búsqueda de la sabiduría, por lo que no debería diferenciarse demasiado del desarrollo intelectual. Pero, con el tiempo, ha sido imposible evitar que la filosofía se convierta en el estudio de sí misma y de su historia y autores. No es que sea un desperdicio, pero esos estudios nos alejan de nuestra propia búsqueda vital, lo que no deja de ser un obstáculo. Si lo meditamos con tranquilidad, en rigor, hoy en día pocos se dedican a pensar. Me parece que la vida es hoy tan rápida que no te da tiempo y muchas veces hacemos las cosas sin necesario detenimiento. Y es una pena, porque en ese trajín atravesamos el camino sin apenas vivir de verdad. Pero vayamos al tema que nos ocupa.

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Lo primero que tenemos que determinar es qué es la vida y después qué es propósito. Veamos lo primero.

Se nos ha enseñado que la vida se define por lo que nace, crece, se reproduce y muere. En realidad eso son meras características de la vida, pero no su esencia. Y lo que perseguimos aquí debe ser por fuerza la esencia de las cosas. Si descartamos todas las cosas accesorias, como es la alimentación y las otras necesidades. ¿Qué nos queda? Se ha afirmado que la vida es atención y tiempo. Y en efecto eso es su envoltorio, pero lo más importante y lo esencial de la vida son dos cosas, a saber, la observación y el raciocinio. La observación la recibimos de nuestros sentidos, que no son solamente cinco sino muchos más. Del raciocinio provienen el pensamiento y la intención, que son origen de la acción. Es verdad que repasar estos términos confunde mucho. Por ello, para obviar todas las consecuencias de tener un cuerpo, que realmente no son lo más esencial de la vida aunque sí necesario, imaginemos qué le queda a un espíritu. Como consciencia viva sigue teniendo los dos elementos mencionados. Tiene capacidad de observación, aunque no sea mas que de sus propios recuerdos y tiene raciocinio. Si no se crée lo que estoy diciendo, considérese una planta. Igual que nuestra respiración o nuestro corazón que late sin que se lo digamos, todo en ella es automático. ¿Qué le queda para sí misma? Le queda su consciencia, que le permite sentir y entender o razonar. De hecho los árboles y todas las plantas de un bosque pueden comunicarse entre ellas segregando sustancias que liberan al suelo y quizá al aire. De esta manera advierten de posibles peligros a los seres que les rodean y la noticia se propaga a todo el bosque cercano. Está claro que para hacer esto se necesita una consciencia, aunque sea más primitiva que la del ser humano. Los animales también la tienen, pues un perro o incluso un gato recuerdan si les han pegado o les han dado comida y quién ha sido. Y son capaces de modificar su comportamiento en consonancia. Tienen por tanto observación y raciocinio, si bien de otro tipo a la nuestra. No es que el ser humano sea especial o mejor que los demás seres vivos. Me parece que el nacimiento del lenguaje fue el responsable de que nuestro raciocinio pueda considerarse en algún punto superior. Muchos seres vivos aparte de los humanos han desarrollado lenguajes. Algunos muy avanzados. Es por ello que no debemos ser egoístas y considerarnos superiores.

Procedamos a tocar lo segundo: el propósito. La palabra propósito tiene varios significados. En este caso nos referimos a “la razón por la que algo existe”. O lo que es lo mismo, “el porqué de algo”. Me parece que, puesto de esa forma, se entiende sin necesidad de más explicación, por lo que me propongo seguir. Si la vida es observación y raciocinio, el porqué de la vida se puede dividir en el porqué de la observación y el porqué del raciocinio. Y visto así parece de lo más sencillo. La capacidad de observación existe únicamente con el motivo de poder observar y el raciocinio para pensar y tener intención. Estamos aquí para observar y repasar lo observado con nuestras propias añadiduras. Y sólo podemos llegar a la conclusión de que son dos dones maravillosos. Lo pongamos como lo pongamos, sería una pena que un universo tan sublime como el nuestro no pudiera ser observado ni interpretado por nadie. Por esa razón, es sencillo entender que el universo dé lugar a la vida. ¿Para qué serviría el universo sin vida que lo transitara y lo contemplara? No es extraño por tanto que el mismo universo sea una máquina para crear y sostener la vida. Además de eso, ¿cómo podríamos comprobar la existencia del universo si no existiéramos para constatarlo? Entonces podemos añadir una proposición más: la existencia del universo no tendría ningún sentido sin la vida. Eso se debe a que la palabra existencia es una creación humana y por definición si de algo no se puede comprobar su existencia por algún medio, es que no existe.

Conclusión: Si no hubiera vida no podría existir el universo y sin el universo no existiría la vida. ¿Por qué existe la vida? Para ver el universo, para explorarlo, para pensar sobre él y para dar fe de que existe. Es todo o nada. O hay vida o no hay nada. Al menos esa es mi forma de verlo. Después de todo esta cadena de pensamiento no nos ha llevado tan lejos como para tener que mencionar a Dios. Lo dejamos para otro día.

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