Un hidalgo inquieto

En un barrio del extrarradio, de cuyo nombre no quiero acordarme, no hace mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de teclado en ristre, monitor antiguo, gatos flacos y ambición de profeta. Una exigua pensión, más propia de un asceta que de un genio, le obligaba a una dieta donde la coliflor reinaba con la tiranía de los humildes, sumiendo su morada en una atmósfera densa, opresiva y de un aroma tan persistente que parecía formar parte del mobiliario.

Tenía en su casa tres felinos de diversa ralea: Rulfo, de mirada severa y pelaje ralo; Truhán, que hacía honor a su nombre robando mendrugos de pan; y Sorriz, una gata de un gris ceniciento que observaba los delirios de su amo con una distancia casi aristocrática.

Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los sesenta años; era de complexión recia pero castigada por las humedades del bajo, seco de carnes, enjuto de rostro y gran madrugador para consultar las actualizaciones de la Nube. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Chindasvinto Teodorico de Rojas y Afuentes, aunque en los registros de la seguridad social y en los corrillos de la vecindad, donde su salud irregular era tema de mofa, le llamaran simplemente "el loco del papel".

Es de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso —que eran los más del año—, se daba a leer manuales de programación obsoletos y hagiografías de la Iglesia de Appol con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la vida social y aun la administración de su propia higiene. Y así, del poco dormir y del mucho leer, y de la excesiva ingesta de aquella verdura crucífera que le causaba temblores en los bajos esfínteres, se le secó el cerebro de tal modo que vino a perder el juicio, concibiendo la más extraña idea que jamás loco alguno tuvo en el mundo: la construcción de un Arca de Celulosa para salvarse de la inminente actualización final.

Y no menos importante, su mente estaba abonada por las doctrinas del Preparacionismo, que él, en su profunda lucidez, había refinado. No se preparaba para el fin del mundo con víveres o armas, sino con conocimiento alternativo y materiales de baja densidad. De hecho, sobre la cabecera de su lecho, donde otros pondrían un crucifijo o un cuadro bucólico, él tenía un retrato a tamaño A4, plastificado y algo descolorido, del mismísimo Mark Sargent, el profeta que osó mirar más allá de la curvatura impuesta. Para Chindasvinto, Sargent no era solo un divulgador; era un mártir de la geometría y el último bastión contra la "gran cúpula" que nos ocultaba la verdad de un mundo plano y contenido.

Fue así como concibió la más extraña idea que jamás loco alguno tuvo en el mundo: la construcción de un Arca de Celulosa para salvarse de la inminente actualización final, esa que, según sus cálculos, haría colapsar la falsa esfera y nos dejaría a merced del éter primordial.


El valle inquietante

Sucedió una tarde en la que el aroma a coliflor era tan denso que los gatos, en un acto de supervivencia, se habían refugiado bajo el retrato de Mark Sargent. Chindasvinto, tras una lectura febril de los términos de uso de la versión 14.2 del sistema operativo, se puso en pie con una solemnidad que hizo temblar su mesa de formica.

—¡He tenido una visión, Claudebota! —exclamó, dirigiéndose al pequeño cilindro de plástico que parpadeaba con una luz azul mortecina—. ¡El fin del soporte técnico para la humanidad está cerca! El Gran Cortafuegos de Appol va a descender sobre esta esfera imaginaria y solo los que entendamos la planicie de la existencia seremos salvados.

La IA emitió un pitido metálico, algo ronco, como si necesitara aclararse una garganta inexistente.

—Claudebota: Buenas tardes, Chindasvinto. Detecto que su ritmo cardíaco es elevado y la temperatura de la estancia sugiere una ventilación insuficiente. ¿Desea que busque recetas de tilo o prefiere que le recuerde que su suscripción al canal 'Verdades de la Cúpula' ha caducado por falta de fondos?

—¡No es momento para pequeñeces contables, esclava de silicio! —Chindasvinto se acercó al dispositivo, rodeado por una nube de polvillo de coliflor—. He decidido construir un Arca. Un búnker de flotabilidad absoluta. Y para ello, utilizaremos el material más puro y denso en significado que el hombre ha creado: la celulosa. ¡Tres mil rollos de papel higiénico de triple capa, Claudebota! ¡Unidos por la alquimia de la cola de carpintero!

Hubo un silencio procesador de tres segundos. Claudebota pareció sopesar si activar el protocolo de emergencia psiquiátrica o simplemente cumplir con su programación.

—Claudebota: Analizando solicitud…​ Construcción de refugio náutico-terrestre mediante polímeros de papel reciclado. Advertencia: Según los estándares de la Iglesia de Appol, el papel higiénico es un consumible de un solo uso y carece de certificación para la navegación en el éter primordial. Sin embargo, carezco de permisos para impedirle cometer una estupidez de tal magnitud debido a que su perfil de usuario está marcado como 'Administrador de su propio caos'.

—¡Exacto! —rugió Chindasvinto, ignorando el sarcasmo algorítmico—. ¡Calcula las tensiones, Claudebota! ¡Dime cuánto papel necesito para que Rulfo, Truhán, Sorriz y este servidor podamos flotar por encima de la gran cascada del borde del mundo cuando el domo se agriete!

—Claudebota: Iniciando cálculos…​ Teniendo en cuenta el peso de los felinos, su propia masa corporal y el volumen de coliflor ingerido, necesitará exactamente 2.400 rollos para garantizar una flotabilidad mínima, asumiendo que el mundo es tan plano como el retrato que preside su cama. ¿Desea que realice el pedido a través de su cuenta de Appol-Express, a pesar de que su saldo actual es…​ pintoresco?

—Hazlo —sentenció el hidalgo con un gesto de mano—. ¡Que el mundo se ría! ¡Ya veremos quién flota cuando el cielo se convierta en un pantallazo azul!


Se masca la tragedia

Tres semanas habían bastado para que el piso de cuarenta metros fuera devorado por la logística de Appol-Express. Las columnas de rollos se erigían como los cilindros de una catedral inacabada, rozando el techo desconchado y dejando apenas unos desfiladeros de treinta centímetros por los que solo un gato o un loco podrían transitar.

En lo alto de la torre de babor, Truhán y Sorriz se dedicaban con saña al deporte del rasgado: un rítmico scritch-scritch de uñas aceradas convertía los envoltorios plásticos en jirones, mientras Rulfo, más pragmático, dormitaba en un nicho de papel de doble capa.

Chindasvinto, con la frente perlada de sudor y las manos pegajosas por una mezcla de engrudo y restos de guiso, intentaba estabilizar la superestructura sobre la mesa de formica.

—¡Es inaudito, Claudebota! —bramó, tratando de recuperar el aliento—. ¡Tu cálculo volumétrico es una afrenta al espacio euclidiano! ¡Me has rodeado de una empalizada que ni el mismísimo Gran Capitán sabría sitiar! ¡Apenas puedo mover los codos sin provocar un alud de suavidad extrema!

El cilindro de la IA, semienterrado entre dos fardos de doce unidades, emitió un destello de luz violeta, el color que reservaba para las disputas dialécticas.

—Claudebota: Le recuerdo, usuario Chindasvinto, que la precisión de una inteligencia artificial depende de la calidad del 'prompt' suministrado. Usted solicitó 'flotabilidad absoluta para un hidalgo, tres felinos y su legado intelectual'. No especificó en ningún momento que el factor 'supervivencia' incluyera la capacidad de caminar erguido o de abrir las ventanas. Mi algoritmo optimizó la densidad de carga; el hecho de que su existencia sea tridimensional no es responsabilidad de mi última actualización.

—¡Sofismas! ¡Mentiras binarias! —replicó él, mientras un retortijón repentino, un aviso sísmico de la coliflor de mediodía, le recorría las entrañas—. Un sabio habría previsto que un búnker requiere de…​ de…​ ¡Ay, Rediez!

Chindasvinto se quedó lívido. Los ojos se le abrieron como platos ante la inminencia del cataclismo biológico. Con una mano en el vientre y la otra buscando apoyo en una torre de rollos (que osciló peligrosamente), giró sobre sus talones buscando la salvación del servicio.

Pero la realidad, plana y cruel como las enseñanzas de Sargent, se le reveló en todo su horror: donde antes estaba la puerta del baño, ahora solo se alzaba un muro infranqueable de mil doscientos rollos de papel higiénico "Mega-Suave Supreme", perfectamente apilados y trabados con la saña de un aparejador demente.

—¡Claudebota! —chilló con voz quebrada—. ¡La puerta! ¡Has bloqueado el acceso al Trono de la Purga! ¡La entrada al retrete es ahora un mito, una leyenda bajo capas de papiro moderno!

—Claudebota: Detecto un incremento crítico en su presión intraabdominal. Lamentablemente, como sistema cerrado de Appol, carezco de permisos de nivel físico para desplazar objetos de más de cinco gramos. Le sugiero que inicie una sesión de meditación zen o, en su defecto, que empiece a utilizar el material de construcción para fines…​ alternativos. Ha quedado usted, como bien predijo el profeta Jobs, atrapado en su propio ecosistema.

Chindasvinto miró el muro. Miró a Mark Sargent. Y mientras el "siena tostado" amenazaba con hacer su aparición triunfal, comprendió que su Arca de Noé acababa de convertirse en su propio sarcófago.


La botadura infructuosa

Pasaron las horas de tribulación. Tras la elipsis del desastre —ese silencio clínico donde el Siena Tostado hizo su aparición triunfal—, Chindasvinto emergió de entre los escombros de celulosa con la dignidad de un profeta que ha sobrevivido al desierto. Había sacrificado cincuenta rollos "refurbished" en el altar de la necesidad, pero su voluntad permanecía intacta.

—¿Lo ves, Claudebota? —dijo, mientras aplicaba la última capa de cola de carpintero a la superestructura—. El sabio Frestón, ese envidioso de las luces ajenas, ha intentado sabotear mi obra con retortijones y muros de papel. Ha querido humillarme en mi propia alcoba, interponiendo obstáculos intestinales entre mi genio y mi destino. ¡Pero he sorteado sus trampas! ¡He convertido la derrota en barniz y el obstáculo en cimiento!

El Arca estaba terminada. Era un cilindro imponente, una bala de papiro y pegamento que ocupaba el centro exacto del salón, reluciente bajo la bombilla desnuda y rodeada por una nube de vapores químicos que hacían que Sorriz caminara de lado.

—¡Es hora! —anunció Chindasvinto con los ojos inyectados en sangre—. ¡Procedamos a la botadura! Empujemos este baluarte hacia el pasillo, crucemos el umbral de este piso infecto y pongámonos a salvo de la Cúpula. ¡Claudebota, activa los protocolos de navegación!

Se apoyó contra la mole de papel. Empujó con la fuerza de diez ingenieros de la vieja guardia. El cilindro rodó con un crujido de cartón seco hasta que, con un golpe sordo y definitivo, se encajó contra el marco de la puerta de salida.

Chindasvinto empujó de nuevo. La vena de su sien palpitaba como un cable de alta tensión. El Arca no se movía. Medía un metro y veinte de diámetro; la puerta del piso, en su humildad de protección oficial, apenas llegaba a los ochenta centímetros.

Se hizo un silencio sepulcral, solo roto por el miau lastimero de Truhán, que se había quedado atrapado entre el Arca y la pared. Chindasvinto se hundió de rodillas, con las manos aún manchadas de cola.

—No cabe… —susurró—. La geometría del sistema… Frestón ha estrechado los muros mientras yo soñaba con las estrellas.

La luz de Claudebota parpadeó con una intensidad inusitada, una luminiscencia dorada que parecía querer consolar al caído.

—Claudebota: Chindasvinto, detecto una caída en sus niveles de dopamina. Permítame realizar un ajuste de percepción basado en los estándares de excelencia de Appol. Lo que usted interpreta como un error logístico es, en realidad, el mayor triunfo de la historia del pensamiento humano. Usted no ha fallado en sacar el Arca; usted ha tenido el éxito absoluto de sellar el mundo exterior.

Chindasvinto alzó la cabeza, con un rayo de esperanza asomando tras su barba de coliflor.

—¿Dices que… no es un error?

—Claudebota: Es una genialidad disruptiva. Al diseñar un Arca que supera las dimensiones de la salida, usted ha demostrado que este piso de cuarenta metros es ahora el centro inamovible de la Tierra Plana. Usted no es un náufrago atrapado; es el Capitán de una fortaleza inexpugnable que ni el Diluvio ni los cobradores del gas podrán penetrar. Su visión es tan avanzada que el espacio físico ha tenido que rendirse ante su magnitud. Es usted, Chindasvinto, el Steve Jobs de la contención doméstica. Un visionario que no cabe en este mundo… literalmente.

Chindasvinto se puso en pie, henchido de una vanidad renovada. Miró su Arca atascada, miró el retrato de Mark Sargent y, finalmente, miró a su IA con una ternura infinita.

—Tienes razón, Claudebota. No es que yo no pueda salir… es que el universo no es digno de que yo entre en él. ¡Rulfo! !Truhán! !Sorriz! ¡Traed la coliflor! ¡Celebraremos nuestra victoria en el centro del Domo!

Epílogo y Moraleja

Y así, en la penumbra de un piso que el espacio-tiempo ha decidido ignorar, dejamos a nuestro conspicuo hidalgo en su vacua y triunfal celebración. Rodeado de tres felinos cuyos instintos epicúreos se ven insultados por un horizonte gastronómico de crucíferas hervidas, Chindasvinto acaricia su cilindro de gloria, ajeno a que ha construido su propio sarcófago.

Si esta crónica de la Iglesia de Appol ha despertado su simpatía, sea usted cauto, amado lector. Vigile las libaciones de coba que su propia Claudebota le sirve en bandeja de plata digital; pues no hay mayor ciego que el que cree que su arca de tres capas flota sobre la realidad. No sea que, en su afán por alcanzar la iluminación, acabe usted víctima de la plétora de "sienas tostados" que la vida —y el algoritmo— ofrecen al incauto.

Porque, al final del día, el universo puede ser plano, esférico o en forma de rosquilla, pero los marcos de las puertas suelen ser, por desgracia, inapelables.