Hoy estaba escuchando el podcast "El sentido de la birra" donde Ricardo Moya entrevistaba en esta ocasión a la humorista Paz Padilla. Durante la misma, la invitada hizo varias afirmaciones que chocaron con mi forma de ver la vida y lo que creo que es correcto. Por una parte aludió a que ya no está bien hacer chistes sobre gangosos, chepados o cojos. En algún momento comentó que su hija le enseñaba lo que estaba bien. Finalmente dijo algo que considero que es profundamente erróneo y perverso: "a la sociedad hay que educarla".
Antes de entrar en harina tengo que decir que personalmente no tengo nada en contra de la humorista. Paz Padilla me cae bien e incluso considero que es buena persona. Aunque no tengo forma de asegurarlo, me inclino a pensar que algunas de sus afirmaciones son fruto de no haberlas analizado en profundidad. Y tampoco estoy diciendo que me parezca una persona superficial. Considero que es alguien que tiene muy bien amueblada la cabeza. Pero, siendo sinceros, es fácil que a cualquiera se nos cuelen creencias que parecen muy nuestras de toda la vida, pero que en su día adoptamos sin haberlas sopesado. En todo caso no quiero incomodarte, Paz Padilla. Y si en el fondo resulta que simplemente tenemos opiniones distintas, pues no pasa nada. No todos tenemos que pensar igual, "killa". Por cierto, somos de la misma quinta. Otro por aquí con "'tayseis".
Veamos primero el humor. Creo que el humor es muy importante y si coartamos la libertad de los creadores para hacer humor, lo siguiente será decirnos sobre qué temas no se puede escribir una obra literaria o una obra de teatro. Es un asunto serio y peligroso que conviene aclarar. Estoy seguro de que no soy el primero que piensa que esto es fruto de una hegemonía ideológica perversa y decadente que solo irá a peor. La creación debe ser libre porque es lo que nos permite explorar por medio de la imaginación. Reírse de alguien con almorranas quizá no esté bien o no sea apropiado, pero entonces, ¿prohibimos también los chistes de pedos por si alguien se acompleja y se siente mal? Este tipo de cortapisas creativas son mucho más peligrosas e importantes de lo que parece. El humor es una situación extrema que no existe en la realidad. Es ficción. El que pongas como protagonista de tu chiste a un chepado no quiere decir que te quieras reir de los que sean deformes. No estamos haciendo un ejercicio de empatía, sino que tratamos de hacer reír. ¿De verdad creemos que un chiste sobre alguien bajito hace que todos los que somos bajitos sintamos dolor? Que una élite cultural, que en el fondo es un hatajo de analfabetos funcionales, pretenda dictaminar sobre qué se puede hacer humor para ahorrar un supuesto sufrimiento, en realidad convierte a los cojos, los chepados, los bajitos, los homosexuales en una suerte de seres extremádamente frágiles e indefensos que no pueden sustraerse de sus miserias ni un momento para reírse de un chiste. Y es que este control de la narrativa no es casual ni espontáneo. Lo que hay que dejar claro es que no estamos ante un despertar colectivo de la sociedad que ha evolucionado de forma autónoma hacia formas menos dañinas de humor. De hecho eso es sumamente improbable si no imposible, dado que la libertad de expresión consiste precisamente en que cada uno pueda decir lo que quiera a pesar del desacuerdo del vecino. Lo que en realidad ocurre es que se nos trata de imponer una moral arbitraria por métodos persuasorios, disuasorios y coercitivos. Por un lado nos siembran de moralinas absurdas el entretenimiento y por otro conforman leyes contra el odio para callar a todo aquel que no acepte la moral que se quiere imponer.
Este control estatal sobre la moral no solo se refleja en las leyes, sino que penetra en la célula más básica de la sociedad: la familia. Aquí es donde surge lo que llamo 'la enseñanza al revés'. No pretendo decir que no podamos aprender de los niños, pero, que el niño enseñe a la madre lo que está bien, es el mundo al revés. El niño es más vulnerable a la manipulación y al adoctrinamiento, por lo que no debería considerarse una autoridad sobre lo que está bien o lo que es correcto. Incluso aunque a veces pueda tener razón, los principios morales deben fluir de los padres a los hijos. Lo contrario es admitir que el estado puede educar a los hijos y entonces estos a sus padres. Eso es profundamente siniestro y solo conduce a escenarios amorales donde el dinero dictamina lo que debemos pensar.
Por último, ¿hay que educar a la sociedad? Considero que la sociedad tiene derecho a ser plural y a no ser conducida como ganado. Aceptar que hay alguien con poder que siempre esté en lo cierto y nunca se equivoque de forma que tenga la autoridad moral para imponer sus principios al resto es profundamente malvado. Todos podemos equivocarnos. Una moralidad impuesta desde arriba lleva casi siempre al desastre. Precisamente por eso está mal que el entretenimiento pretenda educar a las masas. Cada persona tiene derecho a escoger sus principios éticos y morales. Imponer algo solo porque puedes no lo convierte automáticamente en lo correcto. Y si estás equivocado tu error se magnifica. Considero que eso es precisamente lo que está sucediendo. El error de unos guías ciegos se ha convertido en principio moral de una sociedad que ya no tiene las herramientas para distinguir lo que está bien por sí misma. Pero es la sociedad la que debe decidir lo que está bien de mutuo acuerdo, aunque sea a través del principio imperfecto de las mayorías. Lo contrario es una depravación que solo conduce al desastre.
Todo esto nos lleva a una conclusión fundamental: incluso en sociedad, debe primar la libertad individual. El valor auténtico solo nace de los actos de voluntad. El individuo que se equivoca sufre las consecuencias y, por tanto, aprende; pero cuando el poder se equivoca, no sufre las consecuencias de su error, sino que son los ciudadanos quienes las padecen. Es preferible que cada uno elija su propio camino, aun a riesgo de errar, que permitir que un líder escoja el camino equivocado para todos.
