El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente.

— John Emerich Edward Dalkberg Acton


Es evidente que el mundo va de mal en peor. Al menos, debemos conceder eso si ponemos el foco en el bien común, en la deriva totalitaria a la que estamos asistiendo en los otrora baluartes de la libertad de occidente y en los problemas económicos crecientes que parecen no recibir otra solución que imprimir dinero como si no hubiera un mañana y generar deuda, lo cual conduce a una inflación rampante y a la consiguiente pérdida de poder adquisitivo del pueblo, que ya venía sufriendo de una congelación de los salarios desde hace años.

Asistimos ojipláticos a una total falta de respeto por el derecho internacional que había sido instituido con casi total aquiescencia por las naciones, tras el desastre de las dos guerras mundiales. Vemos cómo se vulnera sin miramientos la soberanía de Venezuela frente a acusaciones de ser un narcoestado. Ja. ¡Como si hubiese algún país occidental que no lo fuese de alguna forma! Y luego, guerras declaradas también sin ningún tipo de sentido lógico, más allá del de apoderarse de los recursos ajenos.

Diríase que en la caída del nuevo Imperio Romano que es Occidente, los límites ilusorios de la hegemonía ideológica establecida empiezan a resquebrajarse, dejando traslucir que la única ley que impera es la del más fuerte, como siempre. Y que todo eso del imperio del derecho era un cuento chino. Aunque muchos actores de este teatro de variedades obsceno parecen no estar listos para abandonar totalmente las apariencias y tratan de arrejuntar las grietas del decorado como pueden, para intentar mantener la función en marcha un poco más. En el tira y afloja, dado que ni para eso se ponen de acuerdo, a la Von Der Leyen se le ve el culo y a la otra las tetas. Las primeras filas ya hace tiempo que tiran verdura podrida y huevos sobre el escenario. Los de la segunda fila abuchean a Perro Sánche. En el gallinero, pelándose las manos a aplaudir, los medios, comprados todos ellos. Ya ni con gana jalean los funcionarios ni aquellos que gozan alguna mamandúrria.

Socavado por tal manada de bienintencionados salvapatrias, el erario público ya no da de sí para mantener carreteras ni la red ferroviaria. Los accidentes se suceden. De momento los aviones no caen, pero los controladores vienen advirtiendo que no se puede empeorar continuamente el servicio sin mermar la seguridad.

Y sin embargo, cuesta creer que tanta ruina sea solo torpeza.

Un príncipe prudente no puede ni debe mantener su palabra cuando tal observancia vaya en contra de él y las razones que le hicieron darla hayan desaparecido.

— Nicolás de Maquiavelo
El Príncipe


Ante la pregunta de si todo lo malo que acontece es fruto de la negligencia o de un plan elaborado, me inclino más bien por lo segundo. Aunque comprendo que lo primero a veces también ocurra. Usted debe decidir qué posición le conviene más.

Lo que está claro es que convendría identificar con nombres y apellidos a quienes en verdad nos gobiernan desde la comodidad y la impunidad que solo dan las sombras. Si todavía piensa que ese sujeto que juzgo en este post son los políticos, me temo que debe mirar más allá. La política es parte de esa función de la que hablaba más arriba. Del teatro. Juegan un papel más importante que el de usted y el mío, quizá, pero son también marionetas. Nuestro sujeto estúpido o malvado debemos buscarlo quizá en las oligarquías, que son las mismas ahora que cuando mandaba Franco, o los herederos de aquellas. O quizá en esas grandes compañías transnacionales que acaparan los sectores de la alimentación, la tecnología, etc. Los fondos de inversión como Blackrock. Probablemente podamos verle varias patas al sujeto. Quizá no sea un sujeto monolítico con una voluntad única. Tal vez sea algo más plural y difuso. Puede ser que a veces varios de estos elementos entren en pugna y se entorpezcan con sus acciones unos a otros y sea eso lo que les estorbe en sus planes.

No puedo aceptar su doctrina de que no debemos juzgar al Papa o al Rey como al resto de los hombres con la presunción favorable de que no hicieron ningún mal. Si hay alguna presunción es contra los ostentadores del poder, incrementándose a medida que lo hace el poder. La responsabilidad histórica tiene que completarse con la búsqueda de la responsabilidad legal. Todo poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente. Los grandes hombres son casi siempre hombres malos, incluso cuando ejercen influencia y no autoridad: más aún cuando sancionas la tendencia o la certeza de la corrupción con la autoridad.

— John Emerich Edward Dalkberg Acton


En cualquier caso, no puedo dejar de notar que los intereses de esos sujetos abúlicos o nefastos no parece que concuerden demasiado con lo que nos iría bien a gente como a usted y a mí. Así que en el fondo me importa un pimiento si hacen lo que hacen por estulticia, por avaricia o por maldad. El caso es que lo que hacen no nos conviene a la mayoría. Y si no nos conviene, entonces probablemente nos vendrá mal casi cualquier cosa que se propongan.

Así pues, no hay diferencia, en lo que a nosotros nos concierne, si esos sujetos son hermanitas de la caridad que cometen errores que nos terminan fastidiando, o si realmente nos quieren mal y desde el principio nos lo tienen jurada. Probablemente la verdad haya que encontrarla en un punto medio.

O encontramos la forma de resistir —con inteligencia, con organización, con la tenacidad de quien sabe que no le queda otra— o simplemente esperamos, cómodos en nuestra indignación doméstica, a que terminen de repartirse lo que queda. La historia no recuerda bien a los que eligieron la segunda opción. Aunque, claro, tampoco es que les importe demasiado cómo los recuerde la historia.